Estimados hermanos en el Sacerdocio, religiosos(as),
agentes pastorales de nuestra Prelatura de Caravelí:
En ocasión de la Misa Crismal quiero compartir con Ustedes
ésta reflexión con la que pretendo de corazón animarles en su misión sacerdotal
al servicio de todos nuestros feligreses a nosotros confiados y cuya
responsabilidad es encaminarles a la santidad y a la salvación de sus almas.
Los sacerdotes se reúnen con el Obispo para la celebración
de esta Misa, en la que renueva las promesas sacerdotales y se bendicen los aceites u óleos sacros que, van a usarse
durante el presente año.
Jesús se atribuye las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque
el Señor me ha ungido” (Is.61, 1).
Estas palabras se refieren a la misión mesiánica de Jesús, caracterizada por la
efusión del Espíritu sobre el Mesías, confirmadas por el mismo Jesús: “Hoy
se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, dando a entender claramente
que Él es el “Ungido”, a quien el
Padre ha enviado para atraer a los hombres a la verdadera liberación de sus
pecados y anunciar la Buena Nueva a los pobres y a los afligidos. Él es el “Ungido”, el Mesías, el Cristós, que ha
venido para proclamar el tiempo de gracia y de
misericordia.
Cada sacerdote puede decir también, en virtud de la unción
recibida el día de la ordenación sacerdotal, las palabras de Isaías: “El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”.
En la Misa Crismal, se bendecirán el óleo de los catecúmenos,
el óleo de los enfermos y el santo
Crisma. Los tres óleos que se usan en la administración de los sacramentos.
Puede decirse que la vida del cristiano está marcada por
la unción de los tres óleos. En el bautismo es ungido con el óleo de los catecúmenos y el santo Crisma. En
la confirmación lo es con el Santo Crisma. Ambos sacramentos, el bautismo y la
confirmación lo sellan, lo marcan, para siempre. El óleo de los enfermos se
administra a los enfermos y ancianos. La unción sacerdotal tiene un significado
particular. El presbítero es ungido con el santo Crisma y ordenado sacerdote
para el servicio del pueblo cristiano.
Esta es la razón por la que se invita a los sacerdotes a
renovar las promesas que hicieron el día de su ordenación sacerdotal. Fueron
ordenados sacerdotes y hechos partícipes del único y sumo sacerdocio de Cristo,
al ser ungidos, para que, in persona
Christi, pueda renovarse continuamente en la Iglesia, de modo incruento,
bajo las especies del pan y del vino, el sacrificio cruento del Calvario.
Decía el Papa Juan Pablo II a los sacerdotes (Homilía Misa Crismal 28.03.2002): “Qué grande es para nosotros este día. El
Jueves Santo Jesús nos convirtió en ministros de su presencia sacramental entre
los hombres. Puso en nuestras manos su perdón y su misericordia y nos hizo el
regalo de su sacerdocio por siempre.”
Queridos hermanos en el sacerdocio, con profunda humildad
y agradecimiento, reconozcamos el don que Dios nos ha dado y hemos recibido, no para gloria nuestra, sino
para servicio del pueblo cristiano, que
mediante nuestro ministerio sacramental participa de la redención de Cristo.
Grande es el don que nos ha sido dado.
Renovemos, pues, ante el pueblo fiel como testigo, las
promesas del día de la ordenación sacerdotal, con el mismo o mayor entusiasmo
si cabe, y con renovada generosidad.
La Misa Crismal posee una elocuencia extraordinaria, pues
manifiesta el vínculo de comunión que existe entre el Obispo y los presbíteros,
y los presbíteros entre sí. Por ello la liturgia brinda la oportunidad de estar
unidos y comprometidos a llevar los unos la carga de los otros, en las
circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio, sin que los cargos y sus
responsabilidades nos tiranicen.
Y si importante y significativa es para el sacerdote la
Misa Crismal, como signo de la unión con el Obispo, no menos significativa e
importante es la Misa Crismal para los fieles cristianos, ungidos, con los
aceites que se bendecirán el martes en la Catedral de la Prelatura de Caravelí, que se usarán en tres momentos importantes
de su vida: en el bautismo, en la confirmación y en la enfermedad y ancianidad.
Todos los cristianos marcados por la unción del bautismo y sellados con el
crisma de la confirmación, pueden decir en verdad que son pueblo de Dios, y
llamarse pueblo santo, pueblo sacerdotal, pueblo ungido por Dios.
Si al sacerdote se le invita a renovar en el día de hoy
las promesas sacerdotales del día de su ordenación, quisiera invitar igualmente
a todos los cristianos, a renovar su vocación cristiana, y a profundizar en el
significado de la unción, como participación del Ungido por excelencia, Cristo,
cuya vida está llamado a vivir el cristiano y a difundir el aroma de Cristo
dondequiera se encuentre.
Bien pensado, es el deber de todo cristiano y muy en
particular de todo pastor, sea sacerdote u obispo. Cristo, el Ungido por el
Espíritu, realiza su misión anunciando la Buena Nueva a los pobres, llevando la
libertad a los cautivos, el año de gracia a todos los hombres.
Nosotros los cristianos hemos sido ungidos como Cristo y
debemos actuar como Él: sanar, curar, consolar, ser anuncio vivo de la alegría
pascual. Pero la pregunta clave es, si verdaderamente hacemos presente a Dios
en nuestro entorno, en nuestro ambiente, en nuestras reuniones, o, lo excluimos
con nuestra indiferencia, con justificaciones que hacen que Dios esté ausente y
por tanto estéril en nuestra misión pastoral. Si somos cristianos con la frente
en alto, de los que dan la cara por Cristo, de los que anuncian el reino de
Dios, o somos cristianos mudos, con la cabeza baja con peligro grave de estar
cayendo en infidelidad.
En vísperas de iniciar el Triduo Sacro y adentrarnos en la
celebración del Misterio de nuestra fe cristiana, la Pasión, Muerte y
Resurrección de Jesús, al participar de la bendición de los santos óleos en la
Misa Crismal, dejémonos ungir con el óleo de la caridad y con el crisma del
Espíritu, y dispongámonos con corazón sincero y renovado a seguir el camino del
Crucificado y Resucitado de entre los muertos.
Caravelí, 07 de Abril de 2014
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Obispo
Prelado de Caravelí
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