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viernes, 24 de febrero de 2017

Evangelio del Viernes [24.02.2017]


Día litúrgico: Viernes VII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,1-12): En aquel tiempo, Jesús, levantándose de allí, va a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde Él y, como acostumbraba, les enseñaba. Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?». Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». 

Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».

Comentario: Rev. D. Miquel VENQUE i To (Barcelona, España).

«Como acostumbraba, les enseñaba»

miércoles, 10 de junio de 2015

Jesús no vino a abolir la Ley de Moisés, sino a darle pleno cumplimiento


Hoy, Jesucristo afirma ante los judíos su pleno respeto por la "Ley de Moisés". La declaración es oportuna, pues el Señor causó sorpresa al no comportarse como un mero intérprete de Moisés, sino que lo "desbordó" llevando dicha Ley a su más alta perfección, incluso poniéndose por encima de ella como su misma "Fuente".

Del Mesías se esperaba que trajera una "nueva Torá". La novedad mesiánica comportó la universalización del pueblo de Dios, gracias a la cual Israel puede abarcar ahora a todos los pueblos del mundo, y el Dios de Israel —el único Dios— ha sido llevado a todas las naciones (tal como estaba prometido). Ya no es decisiva la "carne" (la descendencia física de Abraham), sino el "espíritu": el participar en la herencia de fe y de vida de Israel mediante la comunión con Jesucristo, el cual "espiritualiza" la Ley convirtiéndola así en camino de vida abierto a todos.

—A través de su Evangelio, Jesús habla de modo nuevo y de continuo a Israel… ¡y a todos!

Comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano).

miércoles, 15 de abril de 2015

Jesucristo, único salvador, es el Mesías, el mismísimo Hijo de Dios, dispuesto a sufrir con nosotros


Hoy seguimos escuchando la conversación que —de noche— tuvo aquel maestro judío, Nicodemo, doctor de la Ley, con Jesucristo. Una conversación íntima y profunda. Nicodemo siente sinceramente la atracción de Jesús: Él es "algo" nuevo que irrumpe en nuestra historia; sólo alguien que viniera de parte de Dios podría realizar aquellos milagros.

Nicodemo, como judío convencido, confía en la Ley de Moisés. Sin embargo, como el resto del pueblo de Israel, espera el Mesías-Salvador. Jesús le descubre verdades insospechadas. Entre ellas que el Mesías es el mismísimo Hijo de Dios, del cual proviene la salvación del mundo. Sólo un Dios que estuviera dispuesto a sufrir con nosotros —haciéndose uno de nosotros— podía ofrecer de parte nuestra un sacrificio realmente agradable a Dios para nuestra salvación. Sabemos que este Hijo de Dios existe y que es Jesucristo. No se nos ha dado ningún otro nombre por el cual vayamos a ser salvados.

—Jesús, confieso que eres Dios y, porque realmente eres Dios, te confío mi eterna salvación.

Comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano).

domingo, 16 de febrero de 2014

Evangelio del Domingo [16.02.2014]

Día litúrgico: Domingo VI (A) del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 5,17-37): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

»Habéis oído que se dijo a los antepasados: 'No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal'. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.

»Habéis oído que se dijo: 'No cometerás adulterio'. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna. También se dijo: 'El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio'. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.

»Habéis oído también que se dijo a los antepasados: 'No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos'. Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno».

Comentario: Pe. Givanildo dos SANTOS Ferreira (Brasilia, Brasil).

No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas