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jueves, 15 de enero de 2015

El "impulso del corazón" en el encuentro con Dios


Hoy, la audaz petición del leproso y la contundente reacción de Jesús son la respuesta a la pregunta: ¿por qué Dios no ha creado un mundo en el que su presencia fuera más evidente, que impresionara a cualquiera de manera irresistible? Nos encontramos ante el gran interrogante de cómo se puede conocer a Dios y cómo se puede desconocerlo.

Vivimos en este mundo en el que Dios no tiene la evidencia de lo palpable. No se le puede buscar con arrogancia, convirtiéndolo en un "objeto experimentable" en "mi laboratorio". Sólo se le puede encontrar con el impulso del corazón, a través del "éxodo" de "Egipto". En este mundo hemos de oponernos a las ilusiones de falsas filosofías y reconocer que no sólo vivimos de "pan", sino ante todo de la obediencia a la Palabra de Dios.

—Como el leproso de hoy, te busco Jesús con el amor y la escucha interior. Y sólo donde se vive esta obediencia nacen los sentimientos que permiten proporcionar "pan" para todos.

Comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano).

domingo, 20 de octubre de 2013

Les decía una parábola sobre la necesidad de orar... ‘sin desfallecer’


Domingo XXIX del tiempo ordinario, Ciclo C

El evangelio [dominical, Lc 18, 1-8] empieza así: «En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola a sus discípulos para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer». La parábola es la de la viuda inoportuna. A la pregunta: «¿Cuántas veces hay que orar?», Jesús responde: ¡Siempre! La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. ¿Hay que preguntarse tal vez cuántas veces al día una mamá ama a su niño, o un amigo a su amigo? Se puede amar con grandes diferencias de conciencia, pero no a intervalos más o menos regulares. Así es también la oración.

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».

jueves, 17 de enero de 2013

El "impulso del corazón" en el encuentro con Dios



Hoy, la audaz petición del leproso y la contundente reacción de Jesús son la respuesta a la pregunta: ¿por qué Dios no ha creado un mundo en el que su presencia fuera más evidente, que impresionara a cualquiera de manera irresistible? Nos encontramos ante el gran interrogante de cómo se puede conocer a Dios y cómo se puede desconocerlo.

Vivimos en este mundo en el que Dios no tiene la evidencia de lo palpable. No se le puede buscar con arrogancia, convirtiéndolo en un "objeto experimentable" en "mi laboratorio". Sólo se le puede encontrar con el impulso del corazón, a través del "éxodo" de "Egipto". En este mundo hemos de oponernos a las ilusiones de falsas filosofías y reconocer que no sólo vivimos de "pan", sino ante todo de la obediencia a la Palabra de Dios.

—Como el leproso de hoy, te busco Jesús con el amor y la escucha interior. Y sólo donde se vive esta obediencia nacen los sentimientos que permiten proporcionar "pan" para todos.