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lunes, 2 de abril de 2012

El culto a Dios



Hoy, leemos en el Evangelio que, Jesucristo está cenando en casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, en Betania, cerca de Jerusalén. Jesús, el Hijo de Dios, es, al mismo tiempo, hombre de verdad: necesita estar con sus amigos los hombres y espera que le amemos. Poco antes había resucitado a Lázaro. Ahora vemos a María —su hermana— perfumando los pies del Señor. Él acepta y defiende esta muestra de cariño.

Dios es Amor. Él sólo desea nuestro bien. Nosotros somos felices cuando descubrimos que Dios nos ama. El hombre es hombre cuando da culto a Dios, es decir, cuando le habla y le escucha, cuando reconoce que Él es grande y le acepta como su Creador. Los animales irracionales jamás podrán hacer eso.

—Dios mío, me pongo de rodillas ante ti, porque Tú eres mi Señor. Sin ti yo no sería nada. No quiero vivir sin ti. Santa María, no permitas que me aleje por nada de tu Hijo divino.

* Texto elaborado a partir de textos de Benedicto XVI (Master evangeli.net)

lunes, 19 de marzo de 2012

Jesús explica por qué nos llama... «amigos»

La Santísima Trinidad
En el Evangelio de este domingo encontramos una de las frases absolutamente más bellas y consoladoras de la Biblia: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna».

Para hablarnos de su amor, Dios se ha servido de las experiencias de amor que el hombre tiene en el ámbito natural. Dante dice que en Dios existe, como atado en un único volumen, «lo que en el mundo se desencuaderna». Todos los amores humanos –conyugal, paterno, materno, de amistad– son páginas de un cuaderno, o chispas de un incendio, que tiene en Dios su fuente y plenitud.

Ante todo Dios, en la Biblia, nos habla de su amor a través de la imagen del amor paterno. El amor paterno está hecho de estímulo, de impulso. El padre quiere hacer crecer al hijo, empujándole a que dé lo mejor de sí. Por ello difícilmente un padre alabará al hijo incondicionalmente en su presencia. Teme que se crea cumplido y no se esfuerce más. Un rasgo del amor paterno es también la corrección. Pero un verdadero padre es asimismo aquel que da libertad, seguridad al hijo, que le hace sentirse protegido en la vida. He aquí por qué Dios se presenta al hombre, a lo largo de toda la revelación, como su «roca y baluarte», «fortaleza siempre cerca en las angustias».

Otras veces Dios nos habla con la imagen del amor materno. Dice: «¿Acaso olvida una mujer a su niño, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Is 49, 15). El amor de la madre está hecho de acogida, de compasión y de ternura; es un amor «entrañable». Las madres son siempre un poco cómplices de los hijos y con frecuencia deben defenderles e interceder por ellos ante el padre. Se habla siempre del poder de Dios y de su fuerza; pero la Biblia nos habla también de una debilidad de Dios, de una impotencia suya. Es la «debilidad» materna.