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sábado, 28 de septiembre de 2013

La "Nueva Alianza" sellada en la Sangre de Cristo

Hoy, ante la expectativa de un mesianismo espectacular, Jesús anuncia sus padecimientos que ofrecerá "por" nosotros. Su fidelidad consiste en que Él no sólo actúa como "Dios respecto a los hombres", sino también como "hombre respecto a Dios", fundando así la Alianza de modo irrevocablemente estable.

Este injerto ya inconmovible de la alianza en el corazón del hombre tiene lugar en el sufrimiento vicario del Hijo que se ha hecho siervo. Desde entonces, a toda la marea sucia del mal se contrapone la obediencia del Hijo, en el cual Dios mismo ha sufrido. La sangre de los animales no podía ni "expiar" el pecado ni unir a los hombres con Dios; era simplemente un signo de esperanza. Pero en las palabras de Jesús sobre el cáliz, todo esto se ha reasumido y convertido en realidad.

—Jesús, tú nos das la "Nueva Alianza" sellada con tu Sangre, con el don total de ti mismo. ¡Éste es el "nuevo culto" en el que la humanidad es atraída a tu misma obediencia!

sábado, 14 de septiembre de 2013

La Exaltación de la Santa Cruz: el nuevo culto anhelado se ha hecho realidad en la Cruz


Hoy, Nicodemo, el mismo que "des-clavaría" a Jesucristo, recibe anticipadamente una revelación: el Hijo del hombre sería "ex-altado" (puesto en alto desde la tierra) y atraería a todos hacia sí. La Iglesia naciente, bajo la guía del Espíritu Santo, fue ahondando lentamente en esta verdad. Una cosa estaba clara desde el principio: con la Cruz de Cristo, los antiguos sacrificios del templo quedaron superados definitivamente. ¡Había ocurrido algo nuevo!

Dios no quería ser glorificado mediante los sacrificios de toros y machos cabríos, cuya sangre no puede purificar al hombre ni expiar por él. El nuevo culto anhelado, pero hasta entonces todavía sin definir, se había hecho realidad. En la Cruz de Jesús se había verificado lo que en vano se había intentado con los sacrificios de animales: Cristo ha ocupado su puesto. El templo seguía siendo un lugar venerable de oración y anuncio. Sus sacrificios, en cambio, ya no eran válidos para los cristianos.

—Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.