Cada vida humana empieza a existir por una acción de los
padres, que generan el cuerpo, pero también de Dios, que infunde el alma. Con
la misma identidad biológica desde el momento de la fecundación hasta la
muerte, posee un inviolable valor y un potencial que superan las expectativas y
las circunstancias en las que fue engendrada.
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