martes, 23 de julio de 2019

Evangelio del día, martes 23-07-2019 (Decimosexta Semana del Tiempo Ordinario)


Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 1-8
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Yo soy la verdadera vida, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante;
porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo recogen y los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid los que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Reflexión del Evangelio de hoy
El salto mortal
Cualquiera que en algún momento de su infancia haya asistido a alguna atracción circense, posiblemente  vivió momentos de verdadero suspense cuando los trapecistas originaban unas increíbles volteretas en el aire, los espectadores sentíamos el vértigo de un  verdadero “salto mortal”: o no fallaban en el salto o se precipitaban al vacío. El suspense y el vértigo del salto provocan un sentido profundo de libertad, como el que ha sido capaz de desafiar la línea del espacio. La libertad es la raíz de la dignidad y solo es libre quien ha descubierto que en el salto mortal de la vida, el “amor”, se escribe con mayúsculas. O amas o se te arruga el alma, que es el vacío existencial de quien no lo ha logrado. 
A Pablo no le fue fácil ser libre. El suyo fue un salto mortal vertiginoso. Cuando la ley es la única ley, la muerte puede considerarse una inseparable compañera de camino; sobre su espaldas  pesaban muchas sentencias de muerte justificadas por la ley. Pablo  fue un hombre de objetivos, lo fue en el judaísmo con una precisión increíble y lo fue en el seguimiento de Jesús con una audacia que descoloca. La libertad de Pablo supuso el salto mortal de la “ley por la ley de Dios,  a la ley del amor de Dios”. Esta libertad  tiene su raíz en el perdón; se sintió perdonado y experimentó en primera persona la libertad de la ley, que es el amor y la misericordia. Se descubrió vivido por Dios: “es Cristo quien vive en mí”,  y cambió el horizonte de la legalidad que mata por la ley del amor que se entrega hasta dar la vida. Este aprendiz de libertad descubrió que la herida profunda de  la misericordia  de Dios le había crucificado con Cristo, encadenando su vida a los cristos de la historia, "¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?"- nos dirá en la segunda carta a los corintios- ; los cristos de la historia que en los recodos del  camino buscan una mano tendida que les rescate de las consecuencias del verdugo de la ley: pobreza, desahucios, explotación, maltrato, abusos, soledad, silencios de muerte que sesgan vidas y corrompen historia etc. El corazón de Pablo se bañó tanto en la misericordia que muerto a la ley vivió para Dios en la fe del Hijo que le amó hasta entregarse por él. Sin Cristo Pablo habría acabado destruido por su misma “ceguera legal”.
El doble salto mortal
Si el vértigo de un salto mortal es increíble, el doble salto mortal coloca al espectador en un profundo desasosiego, ¿podrá mantener el equilibrio? ¿Caerá?...y ¡qué seguridad tan fuerte se experimenta cuando se evidencia que el doble salto se realizó con éxito!
No hay libertad sin identidad. La fuerza de la fe nos configura con la raíz de nuestro ser: Cristo. La invitación de Cristo a permanecer en Él, es como un grito cósmico que desde el primer “hagamos”  ha dado consistencia e identidad a la realidad creada. Para el ser humano, y más concretamente para el cristiano, la vinculación es “esencial” y configurante: “permaneced en mí y yo en vosotros”  “porque sin mí no podéis hacer nada”. Llamado a dar fruto abundante, el ser humano es invitado a buscar en las aceras de la vida el rostro del Crucificado; de lo contrario,  sucumbiremos  en la “nada de la vida” (quizá no es una idea muy ortodoxa), que es situarse en el montón de los sarmientos secos…y dejar que las horas sequen la raíz y nos coloquen en el vértigo paralizante del miedo a darnos. La identidad que nos transfiere ser sarmientos de Cristo, es una identidad que nos configura hasta la eternidad. Somos herederos/as del Reino y no podemos vivir de las ataduras de la ley que nos convertirían en “hackers de la historia”, estructurados para mirar el mundo escondidos en seguridades egoístas. La libertad del cristiano es la fiesta del “banquete” donde se parte y se reparte el Pan de la Vida, que es Cristo y donde abrazados a su misión pregonamos que Él es la razón de nuestra existencia, porque sin Él no podemos hacer nada. Es el doble salto mortal que va más allá de lo creíble y que tiene como garantía: el amor, la otra mejilla, la oración por los que nos persiguen y calumnian, el amor a los enemigos y como única referencia la cruz. Si lo logramos con Él y por Él, en nuestras vidas siempre se escuchará el “aleluya del Resucitado”. “Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante, así series discípulos míos”. 
El taburete o el trapecio
Existe un subsuelo humano sobre el que pasamos cada día en nombre de la ley y de la justicia, de la falsa y adormecida economía, que expande el tentáculo de la pobreza sobre una parte cada vez más creciente de la humanidad. Acostumbrados a escuchar el dolor, el gemido de la guerra y del hambre, el oído del corazón apenas lo percibe, el tímpano del alma se ha protegido y el corazón humano ya no llora. O saltamos desde el trapecio, como lo hicieron Pablo y santa Brígida, sin miedo a perder la vida y dejar en el camino la huella del amor, de la otra mejilla, del perdón y la misericordia, de la búsqueda del bien y de la bondad, de la justicia, la libertad y la  dignidad para los pobres, o nos acomodamos en un mediocre taburete de seguridades y miedos, de indiferencia y migajas de egoísmo. Si no hemos descubierto que la belleza de Dios es la belleza del ser humano, comencemos desde ahora a dejarle paso a Él, para que los sarmientos de nuestra vida nunca, nunca, dejen de permanecer en el que es el AMOR por excelencia. La humanidad necesita la audacia del trapecio, los taburetes mediocres ya los encuentra en los escaparates de Ikea o en la mensajería de Amazon.  

Sor Mª Ángeles Martínez, OP
Monasterio de la Inmaculada. Torrente – Valencia
https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/23-7-2019/

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