jueves, 4 de julio de 2019

Evangelio del día, 04-07-2019 (Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario)


Lectura del santo evangelio según san Mateo 9,1-8
En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla.
Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados.»
Algunos de los escribas se dijeron: «Éste blasfema.»
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis
mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados están perdonados”, o decir: “Levántate y anda”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados –dijo dirigiéndose al paralítico–: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa.»
Se puso en pie, y se fue a su casa. Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
Reflexión del Evangelio de hoy
¿Dios nos pone a prueba?
Llegamos al culmen del itinerario espiritual de Abrahán. Comenzó cuando Dios introdujo un giro radical en su historia al pedirle salir de su tierra y asegurarle que haría de él una gran nación. Dios le había pedido entonces renunciar a su pasado. Ahora le pide renunciar a su futuro, a su hijo único. Entre uno y otro momento, un proceso de abandono de sí mismo y crecimiento en la voluntad de Dios. Al anteponer el amor a Dios al amor a su propio hijo quedó abierta la vía de la promesa que Dios le había hecho.
El núcleo del relato no es el mandato de Dios de ofrecer a su hijo en sacrificio ni la obediencia inicial de Abrahán. Es la orden divina: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios». Abrahán toma entonces conciencia de estar ante un Dios de vida que no quiere sacrificios humanos. Su conciencia religiosa se abre hacia el conocimiento y la fe en un dios distinto a los que eran adorados en el contexto geográfico de los antepasados de Israel. El auténtico Dios bíblico es el que tiene como preocupación fundamental la vida y exige a sus seguidores que la respeten.
Se nos ha enseñado tradicionalmente a entender este texto como una tentación o prueba que Dios pone a Abrahán. Estaríamos creyendo en un Dios que juega con la fe y con los sentimientos de sus creyentes, y le atribuiríamos a Él las pruebas que nosotros encontramos en la vida. Es una imagen que no se corresponde con el Dios del amor, de la misericordia y de la justicia.
Pensemos mejor que Dios es el creador de la vida, comprometido con ella y en contra de todo lo que la amenaza; no pone pruebas pero está ahí para fortalecernos ante ellas («no nos dejes caer en la tentación»). Quizá la historia de la salvación comenzó cuando Abrahán, nuestro padre en la fe, creyó contracorriente en ese Dios.
Levantarnos de la camilla
También contracorriente, Jesús enfrenta la mentalidad judía –extendida entre sus discípulos– que relacionaba la enfermedad con el pecado a causa de alguna culpa propia o heredada. Por el contrario, para quienes creen en Él el pecado mayor es la incapacidad de ver la acción liberadora de Dios en las situaciones más desgarradoras de enfermedad, de marginación.
Jesús muestra tener el poder de sanar, pero sobre todo el de perdonar, un atributo divino; lo sabían bien los escribas que decían entre sí: «Este blasfema». Sanando y perdonando, Jesús cumplía su misión que llega a la raíz misma de la condición humana necesitada de salvación.
Pero además la autoridad de perdonar tiene una continuidad: «Para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…». La autoridad de Jesús sigue presente en y por medio de la Iglesia. Quizá este es el punto esencial que en este pasaje quería transmitir san Mateo a las comunidades para las que escribió su evangelio y a las de todos los tiempos. Lo corrobora que indique: «la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad».
Son muchas las veces que nos vemos postrados en una camilla, física o espiritualmente. Pero el Dios de la vida siempre nos ofrece recursos con los que nos dice: «Ponte en pie». Uno de esos instrumentos de Dios fue Pedro Jorge Frassati, cuya memoria celebramos hoy. Fue un joven laico dominico italiano que vivió en el primer cuarto del siglo XX. Muy sensible a la ayuda a los necesitados, fue probablemente entre ellos como contrajo la enfermedad que le llevó prematura y rápidamente a la muerte. El papa Juan Pablo II lo beatificó en 1990 y lo propuso como uno de los patronos de las Jornadas de la Juventud.

Fray José Antonio Fernández de Quevedo
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)
https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/4-7-2019/

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