miércoles, 3 de julio de 2019

Evangelio del día, 03-07-2019 (Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario)


Lectura del santo evangelio según Jn 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor." Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo." A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: "Paz a vosotros." Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente." Contestó Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto."

Reflexión del Evangelio de hoy

Participáis en la construcción

La primera lectura es de la carta a los Efesios, una de las llamadas cartas pseudo-paulinas.  En el libro de los Hch (Hch 18,19-21.23-28; 19,1-20,1.17-38) se  narra la evangelización de la ciudad por Pablo desde el año 54 hasta el 57, dejando una comunidad dinámica que pronto se multiplicó y evangelizó toda la provincia.
Nuestro texto pertenece a la primera parte de la carta en que se desarrolla como “los gentiles también tienen acceso a la salvación y pertenecen a la Iglesia, edificio de Dios” (2,11-22).  El autor afirma que “ya no son extranjeros… son miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús…Con ellos participan de la construcción de ese edificio para ser morada de Dios, por el Espíritu”.
A nosotros hoy se nos dirigen estas palabras. Estamos llamados a construir esta morada de Dios, con otros, sabiendo quienes son nuestros cimientos. La imagen del edificio construido entre todos es la imagen de la comunidad. Nuestra responsabilidad es la de construirla día a día, desde el amor sororal y fraterno. “¿Me va la vida en ello?”.

No seas incrédulo sino creyente

Hoy celebramos la fiesta de Tomás. Su nombre ya lo encontramos en el relato de la elección de los doce (Mc 13, 13-18 y paralelos). En los evangelios sinópticos no aparece nada más de este apóstol. Es Juan el que nos refleja la imagen de este seguidor de Jesús apareciendo como un discípulo vehemente y valiente en la resurrección de Lázaro: “Vamos también nosotros y muramos con él” (Jn 11,16); o como un discípulo inquieto y buscador en la cena de despedida: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14,15). Pero quizás lo más conocido de Tomás sea su incredulidad en una de las apariciones de la Resurrección de Jesús en este episodio que nos presenta el evangelio hoy.
Nos encontramos con dos apariciones que ocurren en el mismo lugar pero separadas con una diferencia de “ocho días” (v. 26). En el primer momento, Jesús se aparece a los discípulos.  Sin embargo, hay un miembro de la comunidad que no está con los suyos: Tomás. Por eso no se encuentra con el Señor. Es en la comunidad donde tiene lugar nuestro encuentro con Él. No obstante, los hermanos, conscientes del regalo recibido no se lo guardan sino que lo transmiten llenos de entusiasmo a fin de despertar la esperanza dormida del ausente. Pero su falta de confianza no le permite ir más allá de lo previsible. No cree en sus hermanos, porque tampoco cree en el Señor, y no cree en el Señor porque tampoco cree en los hermanos: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.
En el segundo momento, el Resucitado se hace presente de nuevo en medio de la comunidad, en la que ya no hay ausencias. El Señor se dirige directamente a Tomás. Responde a su desconfianza mostrándole aquello que reclamaba. El discípulo se siente despojado de sus seguridades ante una verdad que se le “impone” y abandonado en la confianza recuperada realiza una preciosa confesión de fe, reconociendo en Jesús su propio Dios y Señor: “Señor mío y Dios mío”.
Entonces, Jesus parece que nos mirara a nosotros, a los lectores o escuchantes del texto. A aquellos que no hemos tenido la oportunidad de vivir y convivir con el Jesús histórico: “Dichosos los que no han visto y han creído.” A nosotros que hemos creído por el testimonio entusiasmado de otros,  Jesús nos llama dichosos. Nuestra fe ha nacido y crecido porque una “cadena de testigos ha traído hasta nosotros la Buena Noticia de Jesús Resucitado”. La fe en Jesús ha de llevarnos a ser más felices y a comprometernos cada día a que nuestros hermanos, los de cerca y los de lejos también lo sean. La fe es lo que nos permite ir más allá de “nuestras puertas cerradas”, de nuestros propios límites,  lo que nos invita a vivir cada día como un regalo, una oportunidad de crecimiento, a establecer relaciones de comunión, a luchar por la dignidad y los derechos de nuestros hermanos comprometiéndonos en la denuncia de todo aquello que los denigra como seres humanos. Como decía Chesterton “el hombre que tiene fe ha de estar preparado para ser un loco”. ¿Estás dispuesto a ser un loco, una loca? 

Hna. Mariela Martínez Higueras O.P.
Congregación de Santo Domingo
https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/3-7-2019/

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