viernes, 20 de enero de 2012

La salida de la crisis = Solidaridad entre naciones

20-01-2012 L’Osservatore Romano

La situación económico-financiera que estamos viviendo es histórica: nuestros nietos la estudiarán en los libros de historia, y no sólo de historia económica. Nos encontramos ante un nuevo orden económico mundial provocado por la caída de los nacimientos en Occidente, por la globalización acelerada que ha desplazado demasiadas producciones a Asia, dividiendo el mundo entre países consumidores y no productores, y países productores pero todavía no consumidores. El nuevo escenario actual se debe en sustancia al crecimiento consumista a costa de la deuda, insostenible, en el mundo occidental.

Viendo las reacciones recientes de muchos países, parece que, en estas condiciones, "hacer Europa" para resolver la crisis, es un proyecto incluso limitado. Sería necesario, por tanto, reflexionar si no vale la pena "hacer Occidente", en una unión de Estados Unidos y Europa para superar las dificultades actuales.


El ciclo económico que genera la crisis nace más allá del océano. El problema reciente de crisis de liquidez en los mercados financieros empeora sobre todo con la colocación de la deuda pública estadounidense. Pero es todo el Occidente quien debe encontrar de nuevo una posición competitiva para crear empleo, sin competir en su seno, picándose como los gallos de Renzo en la obra de Manzoni. Para alcanzar esta meta hacen falta cooperación y acuerdos globales, dado que los europeos no bastan.

Pensemos que la productividad europea media es inferior al 25 por ciento respecto a la estadounidense. El crecimiento necesario para absorber la deuda debe estar coordinado dentro de un gran sistema económico, que sea comparable al asiático visto en perspectiva. Este gran sistema económico es Occidente —Estados Unidos y Europa juntos— que todavía hoy vale más del 50 por ciento del PIB mundial y cuenta con mil millones de habitantes. Es verdad que no crece, pero todavía es enorme y por ahora nadie lo ha superado. Juntos, Estados Unidos y Europa "valen" más de 25.000 millardos de euros, mientras que China no llega todavía a  4.500.

Dentro del área económica occidental, se asiste sin embargo a una competición egoísta en la que los respectivos países rivalizan entre sí por colocar en los mercados sus propias deudas soberanas, o de Estado, que aumentaron en más del 50 por ciento en los últimos quince años. Para financiar el crecimiento a costa de la deuda en el mismo período, cada nación ha utilizado la palanca de la deuda, aunque de manera diferente.

Los países que por tradición apoyan al Estado social han usado la deuda directamente. Otros han usado la palanca de la deuda privada, sobre todo la de las familias. Otros han provocado el endeudamiento de empresas o bancos. La deuda de un sistema está constituida por cuatro deudas, diferenciadas hasta que se pagan, pero que se convierten en deuda de Estado en caso de insolvencia. Si las familias o las empresas no pagan, de hecho son los bancos los que sufren y para salvarlos interviene el Estado, nacionalizando así la deuda. Sin embargo, no hay una demanda ilimitada de deudas soberanas: si su oferta crece en un 50 por ciento en un período breve, no será fácil suscribirla, se creará una competición en la colocación y algunos países, clasificados como de mayor riesgo, no lograrán financiarse. Será, por tanto, necesario aumentar las tasas, empeorando la situación. La paradoja está en el hecho de que las tasas consideradas hoy altas e insostenibles, en realidad no lo son, dado que sólo son remunerativas: parecen altas después de un largo período de tasas mantenidas bajas artificialmente para sostener la deuda contraída, excluyendo la hipótesis de inflación.

El desinflamiento de la deuda en este sistema competitivo de colocación que hace aumentar las tasas se vuelve difícil, si no peligroso, porque estimula la tentación de una solución aparente y a corto plazo: aumentar las tasas.

Para reducir la deuda del mundo occidental, sin embargo, es necesario un auténtico crecimiento económico, que exige la vuelta a la competitividad productiva. Se necesita, por tanto, producir internamente e importar menos, o incluso invertir los flujos de importación y exportación.

Pero el mundo ha cambiado. Hoy Asia es proveedora y Occidente consumidor ya sin rentas y ahorros, y el empleo es lo que se resiente. Por tanto, es necesario reequilibrar el mundo: por interés global, no egoísta. Y para volver a encontrar competitividad es preciso un sistema menos caro, más eficiente, menos viciado por un asistencialismo excesivo. Europa debe acercarse a Estados Unidos y, en poco tiempo, acometer las reformas necesarias. Conseguirlo en poco tiempo será difícil. Por ello, será necesaria una visión común, basada en un verdadera solidaridad entre naciones.

Ettore Gotti Tedeschi.

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