Una multitud de hombres y mujeres de todos los pueblos,
dice el Apocalipsis, adoraban a Dios el Padre Eterno y al Cordero, que murió
para salvar a los hombres. Eran los santos, aquellos hombres y mujeres que
vivieron en este mundo según la voluntad de Dios y vencieron al pecado y al
mal.
La santidad es la meta del cristiano: “sed santos como su
Padre Celestial es santo”. La vida encuentra su sentido cuando siguiendo las
palabras de Jesús entonamos en nuestra vida una sinfonía de caridad. Mirar a lo
alto para recordar que somos de Dios, mirar hacia el horizonte para extender la
mano a todos aquellos que ya no pueden avanzar en el camino. Ser “samaritanos”
de cada hombre que encontramos en nuestra vida cotidiana, a la vuelta de cada
esquina.
