Mártir.
La historia del santo termina en los amaneceres del siglo
IV.
Han salido varios decretos del emperador Diocleciano y
cada versión es peor para los cristianos que el anterior. En todo lo ancho y
largo del Imperio se han enturbiado las cosas hasta el punto de crearse un
ambiente de persecución abierta y ya se habla de cárceles, cruces, hogueras y
espadas contra los discípulos de Jesús; al emperador le dan respeto porque
desprecian a los dioses nacionales y piensan que acabarán poniendo en peligro el
fundamento de su unidad.
Por desgracia, bastantes han sido flojos; no han
perseverado al llegar los tiempos malos y por miedo han sacrificado a los
ídolos; han sido blandos. Procopio no ha claudicado. Nació en Scitopolis ya
hace años y ahora vive en Jerusalén. El amor sincero al Señor Jesús, su deseo
de imitarlo, le han llevado a vivir bastante lejos de la marcha que lleva el
común de los mortales que con harta frecuencia piensa en vivir del modo más
cómodo posible, huyendo de lo que cuesta, y siendo amigos de cuidar que el
estómago no sufra con privaciones, procurando al cuerpo algo más del sueño y
descanso que pide, con el añadido de conseguir todos los placeres que a la
vuelta de la esquina pueden encontrarse como oferta permanente. Así es su
presencia, flaco y seco como un asceta. Supo preparar la pelea última con la
lucha y el esfuerzo diario.