Rey, héroe y apóstol.
Vástago de la familia real de Northumbria. Su padre fue el
sanguinario e incendiario Eteelfrido que mereció el apodo de
"Devastador"; por ello no es de extrañar que, una vez muerto, su hijo
Oswaldo tuviera que salir para el destierro aunque solo fuera un niño. Pudo
refugiarse en los escotos del Norte que ya era zona cristianizada por Columba
desde hacía unos años antes de su llegada. Sólo tenía once años cuando -ya
huérfano- encontró refugio en aquellas latitudes. Notó que allí todos hablaban
del monje Columba, el gran misionero irlandés, y que en bastantes aspectos
aquella gente vivía de un modo diferente al que él había presenciado desde
siempre al lado de las hordas guerreras de su padre. Quizá esa curiosidad
contribuyó a formarse como cristiano; de hecho, cuenta el principal relator de
su vida y obras, el cronista nortumbrio Beda, que engrosó el número de los
catecúmenos que se formaban en la nueva religión, aumentó el contacto con la
comunidad cristiana llegando a familiarizarse con ella, se adaptó a su vida y
costumbres -cosa nada fácil- y terminó pidiendo el bautismo. Como llegó a
descubrir que el heroísmo no está reñido con el cristianismo, se convirtió en
evangelizador de Cristo.