Abad.
La lejana historia de Avito la conoce plenamente sólo
Dios; los documentos que tenemos hoy muestran el núcleo histórico de su
existencia santa, pero a falta de otros datos, los relatos posteriores hablan
de él con los adornos añadidos por la fábula y la devoción popular menos
exigente con la verdad histórica y más condescendiente con los efluvios de la
piedad.
Se dice de él que nació en la zona de Orleáns, teniendo
por padres a unos cristianos pobres y que, cuando era pequeño conoció a los
monjes de la abadía de Micy que está próxima a la ciudad; llevado de la
curiosidad propia de los niños, les preguntó, quienes eran, qué hacían, por qué
vivían lejos de la gente y para qué servían. Esas preguntas, contestadas con
simpatía y desparpajo por alguno de aquellos frailes que tenía gracejo y estaba
lleno de sentido sobrenatural, dichas al alcance de una cabecita pequeña dieron
fruto con el paso de los años. Un buen día, aquella curiosidad se convirtió en
deseo de imitarlos, pero con tal gana y empeño que el joven Avito ruega al abad
Maximino o Mesmino que le admita en el monasterio y que si no puede ser como
monje, que lo admita como criado. Está dispuesto a no dejar la puerta del
convento y a morir de frío y de hambre hasta conseguir lo que pide.