Queridos hermanos y hermanas:
Después de las solemnes celebraciones de la Pascua,
nuestro encuentro está colmado de alegría espiritual, que brota de la certeza
que Cristo, con su muerte y resurrección, ha triunfado definitivamente sobre el
pecado y la muerte. La experiencia de los once discípulos en el Cenáculo, y la
de los dos peregrinos de Emaús, nos
invita a reflexionar sobre el sentido de la Pascua.
También el Resucitado entra en nuestra casa y en nuestro
corazón, aunque en ocasiones las puertas estén cerradas. Entra ofreciendo
alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para nuestro renacer
humano y espiritual. Dejemos que Jesús resucitado venga a nuestro encuentro. Él
vive y está siempre presente, camina con nosotros para guiar nuestra vida. A Él
lo encontramos en dos «lugares» privilegiados, profundamente unidos entre sí:
«la Palabra y la Eucaristía». Esta novedad de vida que no muere, inaugurada por
la Pascua, ha de ser anunciada para que la espina del pecado que hiere el
corazón del hombre deje su lugar a la gracia que germina: El Maestro ha
resucitado y con Él toda la vida resurge.