Una elemental hermenéutica sobre
una mestiza revelación privada de alcance universal.
A Modo de Introducción
Algunas afirmaciones parecieran innecesarias por ser evidentes y de
obvia naturaleza. Sin embargo, siempre hay que precisar el punto de partida en
todo itinerario. Esta es una de tales ocasiones en que un hito conceptual
fundante exige abrirse paso, a saber: no
existe el hecho religioso puro, siempre acontece en un determinado tiempo y en
espacios delimitados; porque así es ineludiblemente la naturaleza
humana (espacio-temporal). He aquí una elemental afirmación antropológica que
permitirá situarnos en el evento trascendente que nos ocupa.
En las siguientes líneas trataré de esbozar algunos elementos
esenciales de orden hermenéutico sobre la base del acontecimiento revelador y
mestizo que traspasa los siglos y todas las fronteras dentro y fuera de la
Iglesia. No pretendo formular un nuevo relato histórico, ni exponer los
sorprendentes y polémicos testimonios de indagaciones científicas, sino
comentar con imperiosa brevedad –no por ello cayendo en un paradigma cognitivo
simplificante– algo del complejo encuentro y profundo contenido
teológico-espiritual de tan insigne episodio: la Madre de Dios revela su ser,
su obrar y su mensaje al pueblo sufriente de América, mediado por un humilde
hombre creyente y santo cuya figura veneramos con el nombre de San Juan Diego
Cuauhtlatoatzin.
