Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Buena Fiesta!
En la noche de Navidad hemos meditado sobre la visita a la
gruta de Belén de algunos pastores pertenecientes al pueblo de
Israel; hoy en la solemnidad de la Epifanía, hagamos memoria de la llegada
de los Reyes Magos, que vinieron de Oriente para adorar al recién nacido
Rey de los Judíos y Salvador universal, y para ofrecerle dones simbólicos. Con
su gesto de adoración, los Reyes Magos dan testimonio que Jesús ha venido a la
tierra para salvar no a un solo pueblo, sino a todas las personas. Por lo
tanto, en la fiesta de hoy nuestra mirada se amplía al horizonte del mundo
entero para celebrar la “manifestación” del Señor a todos los pueblos, es
decir, la manifestación del amor y de la salvación universal de Dios. Él no
reserva su amor a algunos privilegiados, sino que lo ofrece a todos. Así
como es Creador y Padre de todos, del mismo modo quiere ser el Salvador de
todos. Por esto, estamos llamados a nutrir siempre gran confianza y esperanza
por toda persona y por su salvación: también ellos, que nos parecen alejados
del Señor son seguidos –o mejor “perseguidos”– por su amor apasionado, su amor
fiel y también humilde. ¡Porque el amor de Dios es humilde, tan
humilde!