Religioso benedictino.
Un tal Simón que fue dado a la magia y a la nigromancia en
tiempo de los Apóstoles quiso, en Samaría, comprar por dinero el poder que
presenció en Pedro de hacer bajar sobre los primeros bautizados al Espíritu
Santo. Simón se había convertido a la fe, pero se ve que seguía aún apegado al
oficio del que vivió y con el se que ganó la admiración de la gente que le
llamaba "el Mago"; cuando vio que a la oración y gestos de Pedro
sobreviene la fenomenal manifestación del Espíritu Santo, como sucedió en
Pentecostés con la glosolalia, las lenguas de fuego y el ruido de viento
celeste, no pudo aguantar su deseo ofreciéndose como comprador del don
sobrenatural. La reprimenda del Apóstol no se hizo esperar; le amenaza Pedro
con el castigo de Dios y deja asentada la doctrina nítida de que los dones
sobrenaturales son regalos divinos ordenados a la salvación y que no pueden
manipularse en bien propio como sucede con las mercancías materiales. Tan
decisiva fue la intervención de Pedro ante el atrevimiento de Simón que su fea
actitud quedó denominada con nombre de simonía y clasificada como grave
desorden o pecado para el intento lucrativo de bienes sagrados o de materiales
que son condición para lo sobrenatural.