Queridos hermanos y hermanas,
¡Buenos días!
El Evangelio de este domingo narra los inicios de la vida
pública de Jesús en las ciudades y aldeas de Galilea. Su misión no parte de
Jerusalén, es decir del centro religioso, social y político, sino de una zona periférica,
despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en
aquella región de diversas poblaciones; por ello el profeta Isaías la indica
como “Galilea de los gentiles” (Is 8, 23).
Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se
encuentran personas diferentes por raza, cultura y religión. Galilea se
convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los
pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se parece al mundo de hoy:
comprendida por diversas culturas, necesidad de confrontación y de encuentro.
También nosotros estamos inmersos cada día en una “Galilea de los gentiles”, y
en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir
recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la
Buena Noticia no está reservada a una parte de la humanidad, hay que
comunicarla a todos. Es un buen anuncio destinado a cuantos lo esperan, pero
también a quienes, tal vez, ya no esperan, y ni siquiera tienen la fuerza de buscar
y de pedir.