27-02-2012 L’Osservatore Romano
El desierto donde Jesús vive la experiencia de las tentaciones representa para el cristiano “un lugar de refugio y de amparo en el que se puede experimentar de modo particular la presencia de Dios”. Fue la reflexión de Benedicto XVI en el Ángelus del domingo 26 de febrero en la plaza de San Pedro. Por la tarde, en la capilla “Redemptoris Mater”, en el Vaticano, el Pontífice inició los ejercicios espirituales cuaresmales que concluirán el sábado 3 de marzo por la mañana.
Queridos hermanos y hermanas:
En este primer domingo de Cuaresma encontramos a Jesús, quien, tras haber recibido el bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista (cf. Mc 1, 9), sufre la tentación en el desierto (cf. Mc 1, 12-13). La narración de san Marcos es concisa, carente de los detalles que leemos en los otros dos evangelios de Mateo y de Lucas. El desierto del que se habla tiene varios significados. Puede indicar el estado de abandono y de soledad, el «lugar» de la debilidad del hombre donde no existen apoyos ni seguridades, donde la tentación se hace más fuerte. Pero puede también indicar un lugar de refugio y de amparo —como lo fue para el pueblo de Israel en fuga de la esclavitud egipcia— en el que se puede experimentar de modo particular la presencia de Dios. Jesús «se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (Mc 1, 13). San León Magno comenta que «el Señor quiso sufrir el ataque del tentador para defendernos con su ayuda y para instruirnos con su ejemplo» (Tractatus xxxix, 3 De ieiunio quadragesimae: ccl 138/a, Turnholti 1973, 214-215).
¿Qué puede enseñarnos este episodio?
